sábado, 3 de diciembre de 2016

Vivir en nacer a cada instante

La naturaleza del bienestar
Erich Fromm


A comienzo de siglo, las personas que acudían al psiquiatra eran, principalmente, personas que padecían síntomas. Tenían un brazo paralizado o un síntoma obsesivo, por ejemplo, la compulsión a lavarse, o bien sufrían de ideas obsesivas de las que no podían desembarazarse. En otras palabras, estaban enfermos en el sentido en que se usa la palabra «enfermedad» en medicina, algo les impedía funcionar socialmente como las personas llamadas normales. Si sufrían de esto, su concepto de la curación correspondía al concepto de la enfermedad. Querían librarse de los síntomas y concebían el  «bienestar» como no estar enfermos. Querían estar bien como las personas normales o, como también podríamos decir, no querían sentirse más infelices o perturbados que cualquier persona normal de nuestra sociedad.
Esas personas todavía acuden al psicoanalista en busca de ayuda, y para ellos el psicoanálisis sigue siendo una terapia que tiende a eliminar sus síntomas y a permitirles funcionar de manera social. Sin embargo, mientras que en una época constituyeron el grueso de la clientela del psicoanalista, en la actualidad solo constituyen una minoría, quizás porque su número es relativamente menor si lo comparamos con los numerosos  «pacientes» que van al psicoanalista sin saber en realidad de qué sufren. Son pacientes que se quejan de estar deprimidos, de padecer insomnio, de no ser felices en su matrimonio, de no disfrutar su trabajo y de otros síntomas similares. Por lo general creen que este o aquel síntoma en particular constituye su problema y que, si pudieran librarse de éste, se pondrían bien. No obstante, esos pacientes no ven que su problema no es la depresión, el insomnio, su matrimonio, ni su trabajo. Esas quejas son solo la forma consciente en la que nuestra cultura les permite expresar algo que descansa mucho más profundamente, algo común a todas las personas que de modo consciente creen sufrir de este o aquel síntoma en particular. El sufrimiento común  es la enajenación de uno mismo, de nuestros semejantes y de la naturaleza, la conciencia de que la vida se nos escapa de las manos como la arena y de que moriremos sin haber vivido, de que vivimos en medio de la plenitud y, sin embargo, no estamos alegres.
¿Cuál es la ayuda que puede ofrecer el psicoanálisis a quien sufren esta maladie du siècle Esta ayuda es –y debe ser- diferente de la «curaci
ón» que consiste en eliminar los síntomas que se ofrece a quienes no pueden funcionar socialmente. Para quienes sufren la alienación, la curación no consiste en la ausencia de la enfermedad sino en la presencia de bienestar.
Sin embargo, si tuviéramos que definir el bienestar nos encontraríamos con considerables dificultades. Si permanecemos dentro del sistema freudiano deberíamos definir el bienestar en términos de la teoría de la libido como la capacidad para el pleno funcionamiento genital o, desde una perspectiva diferente, como la conciencia de la situación edípica oculta. Pero estas definiciones, en mi opinión, son solo respuestas tangenciales al problema real de la existencia humana y al logro de bienestar por el  hombre total. Cualquier intento de dar una respuesta aproximada al problema del bienestar debe trascender el marco de referencia freudiano y conducir a una discusión, por incompleta que sea, del concepto básico de la existencia humana en el que se basa el psicoanálisis humanista. Solo de ese modo sentaremos las bases adecuadas para establecer una comparación entre el psicoanálisis y el pensamiento del budismo zen.
El primer intento de definir el bienestar puede ser éste: el bienestar es estar de acuerdo con la naturaleza del  hombre. Si vamos más allá de esta declaración formar surge la pregunta: ¿Qué es estar de acuerdo con las condiciones de la existencia humana? ¿Cuáles son esas condiciones?
La existencia humana plantea un problema. Al hombre se le arroja a este mundo sin voluntad, y también lo abandona sin su voluntad (…) –el ser humano tiene que vivir su vida, no es vivido por ella. Está en la naturaleza y, sin embargo, la trasciende. Es consciente de sí mismo, y esa conciencia de sí mismo como entidad separada le hace sentirse insoportablemente solo, perdido, impotente. El mismo hecho de nacer plantea un problema. En el momento del nacimiento la vida le plantea un problema al hombre y esa pregunta debe ser respondida. El ser humano debe responder a esa pregunta en cada momento. No su mente ni su cuerpo sino él, la persona que piensa y sueña, que duerme y come, que llora y ríe, el hombre total. ¿Cuál es la pregunta que plantea la vida? La pregunta es. ¿Cómo podemos superar el sufrimiento, el encarcelamiento, la vergüenza que crea esa experiencia de separación; cómo podemos volver  a unirnos con nosotros mismos, con nuestros semejantes y con la naturaleza? El ser humano debe responder de algún modo a esta pregunta. Aun la misma locura, al rechazar la realidad externa y vivir completamente dentro de nuestra propia concha, es una respuesta a esta pregunta que intenta superar el miedo a la separación.
La pregunta siempre es la misma. Sin embargo, hay distintas respuestas posibles, aunque todas ellas puedan limitarse a dos. Una es superar la separación y encontrar la unidad en la regresión al estado de unidad que existía antes de la emergencia de la conciencia, es decir, antes del nacimiento del hombre. La otra posible respuesta es nacer plenamente, desarrollar la propia conciencia, la propia razón, la propia capacidad de amar, hasta el punto de trascender la propia envoltura egocéntrica y alcanzar una nueva armonía, una nueva unidad con el mundo.(…) El nacimiento no es un acto, es un proceso. El objetivo de la vida es nacer completamente, aunque la tragedia es que la mayoría de nosotros muere sin haber nacido así. Vivir en nacer a cada instante
La naturaleza del bienestar (fragmento)
Erich Fromm

Del libro Psicoterapia y salud en Oriente y Occidente
Kairos.1990, pag 100,101,102

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María Fernanda Blanco
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